Reflexión sobre el día del niño

¿Cuántos no nos emocionábamos con la celebración del día del niño? En mi caso, puedo recordar esas kermeses donde daban cupones para canjear por diferentes alimentos, que muchas veces se intercambiaban entre los compañeros, sobretodo cuando algo de la comida que había no te gustaba. Juegos, concursos, y demás actividades encaminadas a la niñez. Quizá como niños únicamente veíamos ese día como día de asueto, o en mi caso, el día de la kermés que no gastabas dinero porque te daban cupones, pero realmente no terminaba de comprender la importancia real de ser niña. 

Recuerdo que a muchas compañeras les apremiaba ya ser grandes, maquillarse, verse mayores, hacer “cosas de grandes”. En mi caso particular, era algo con lo que estaba un poco peleada, o me generaba mucho conflicto, quizá por la diferencia de edad, ya que, a comparación de mis compañeros, siempre fui de las mas pequeñas, ya que mi cumpleaños es a finales de septiembre, además que mis padres siempre me decían que ya habría tiempo para hacer cosas de grande, y que para todo había una edad y momento. 

Es interesante el proceso de adolescencia, que con tan solo 11 – 12 años ya te sientes grande y comienzas a tener rechazo por las cosas de “niños”, por ejemplo: tus fiestas de cumpleaños cambian, dejas de pegarle a las piñatas, ya no te quieres subir a los juegos (inflables, trampolines, etc.), dejas de ver algunas caricaturas, ya que te quieres asumir como adulto. Obviamente es parte del proceso de integración de la identidad y de crecimiento. Lo interesante es una vez que se trasciende esa etapa, qué tanto se está dispuesto a reconectar con ese niño interior.

Lo curioso des ser adultos, es que más de uno quisiera volver a ser niño para olvidar que algunas cosas no son tan sencillas como se creía. Ese mundo ideal de “cuando sea grande voy a poder…” se viene muchas veces a bajo por la misma realidad de las cosas. Es interesante a su vez, cómo los mismos adultos cada vez son mas conscientes de la importancia de celebrar este día, como recordatorio de lo que implica ser niños, y más si es que se convive con alguno, ya sea por el trabajo o se tiene en casa. 

Existe un libro en particular que me permite recordar esta parte del ser niña: El principito. He sabido de muchas personas que lo leen y que les mueve muchas cosas a nivel personal, ya que los hace cuestionarse con la forma en que llevan su vida. En lo personal, es un libro que me regalaron a los 9 años por mi cumpleaños, lo leí, pero no me pareció tan sorprendente o maravilloso como todo el mundo me hablaba de él. Evidentemente, como se menciona al inicio de este, no es un libro para niños, ya que muchas veces no se termina de comprender muchas cosas del mundo adulto, o simplemente no te cuestionas muchas cosas, sólo las asumes; por ejemplo, en las caricaturas, va a ser raro que un niño cuestione su lógica, ya que dentro del universo de estas es lógico, o como en el quehacer teatral diríamos, se acepta la convención de estos universos.

Regresando al libro, conforme uno va creciendo, todo va tomando mayor sentido. Las personas que sólo buscan hacerse de bienes materiales, trabajar por trabajar, abandonar sueños de infancia al no haber estudiado aquello que se quería, ya fuera por la poca dificultad de hacerlo (ej. Ser astronauta), la falta de apoyo por parte de los padres (comúnmente en el área de las artes), o simplemente por buscar algo que genere un capital económico elevado. Por otra parte, queda el campo laboral y las dificultades que muchas veces implica dedicarse a eso en que uno se preparó. Se podría traducir que la vida adulta se torna muchas veces mecánica, sin sentido, o con un sentido muy absurdo, pues abandonas el juego, el disfrute y la sorpresa de las cosas mas simples de la vida.

Existen profesiones que te obligan a jugar de nuevo, como en el caso del teatro, que es uno de los motivos por los cuales siempre agradezco a mi profesión, pues sigo jugando con muñecos, pero ya de manera profesional. Aun les hago su ropita, los peino, les pongo una voz para que dialoguen entre si. 

No obstante, sea cual sea la profesión a la que te dediques, ¿Qué tanto estás dispuesto a jugar? ¿Qué tanto dejas de hacer cosas porque estás grande? ¿Qué tanto te permites sorprenderte como un niño?

Si entendemos a la madurez como esta capacidad de hacernos responsables de nuestros actos, hay que distinguir que por ser muy mayor de edad no necesariamente se tiene esta capacidad. Incluso existen niños sumamente maduros. El ser mayor o viejo es meramente una forma de pensar. Cuando era niña, cerca de mi primaria estaba la unidad de Humanidades, y siempre veía a los universitarios como adultos, como si fueran muy grandes. Cuando entre a la secundaria, veía a los de tercero muy grandes. Lo mismo en la preparatoria. Pero cuando yo me encontraba en el último año de cada grado escolar, me sentía exactamente igual. No me sentía “grande” o “adulta”. Siempre me imagine que me iba a sentir diferente. A escasos meses de cumplir 30, es el día que aun me cuestiono: ¿Cómo debería de sentirme o comportarme ahora que ya soy más adulta? Y realmente me siento en muchos aspectos como si no hubiera pasado el tiempo. Claramente mi nivel de análisis, introspección, forma de relacionarme y de ver la vida si se ha modificado, pero en esencia, soy la misma persona de 11 años que le gusta ver caricaturas, subirse a brincolines y jugar. 

Los años pasan, el cuerpo cambia, las responsabilidades aumentan, te cansas de forma diferente, los intereses se modifican, la forma de ver y asumir la vida no es la misma, hay nuevos logros y también fracasos. La vida adulta da miedo, genera mucha incertidumbre, y a veces lo único que se necesita es recuperar esta capacidad de asombro, dejar de intelectualizar todo y simplemente recuperar esta cualidad de creer sin cuestionar, como aquellas noches en que no se podía dormir cuando iban a llegar los reyes magos, o ante la curiosidad de saber cuánto te iba a dejar de dinero el ratón-hada de los dientes por el diente que recién se había caído.

Aprendamos a ver y escuchar a los niños, reconocernos en ellos y sobretodo, aprender de ellos, pues sus inferencias lógicas llegan a tener hasta más sentido que las de los adultos.  

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